
Ya ha pasado mucho tiempo. Sin embargo, aunque también ha pasado mucho tiempo para volver a escribir, siempre argumentando alguna excusa extrínseca que a la larga poco o nada tiene que ver con capacidades creativas, decido sentarme una vez más aquí, más alegre, más maniaca, quizás ya más cerca a la psicosis como me resultó algún test psicológico.
Siento como si la vida hasta ahora comenzara, como si todo lo tortuoso que pudo haberme ocurrido emocionalmente tan sólo unos meses antes, fuera ahora resultado de algún tipo de amnesia selectiva, como si ya definitivamente hubiera vuelto en mí después de haber caminado con total desinterés las calles parisinas, esas mismas calles que fueron testigas de historias como el Opus pistorum de Miller, o aquellas Flores del mal de Baudelaire.
Hoy he decidido como en los últimos tres meses no arreglarme del todo. Salgo con mi cabello despeinado, el jean multiusado y sólo me puse un poco de lápiz de ojos y rímel. Tal vez salga a buscar a ese sujeto, a decirle que me importa tanto como me importó arreglarme hoy con la esperanza morbosa de que me viera, que contemplara lo horrible que puedo ser, la encarnación de la tiranía que disfruta del festín de su vulnerabilidad puesta en bandeja de plata. Me pongo los audífonos de siempre con la música de siempre, caminando a paso rápido mientras fantaseo parlamentos en su contra, gritándole a los ojos que todos mis orgasmos fueron ilusiones de su narcisismo delirante y desesperado, que sólo hacerle el amor a los paraísos artificiales de algún Dalí podría superar aquella primera vez en el lago de aguas profundas y heladas.
Escucho Sweetest perfection, por un momento llego a interrumpir mi parlamento con una idea vaga de existencialismo, de lo efímero que puede ser el tiempo, las expectativas, los sentimientos, y más aún, los momentos. Alguna vez llegué a sentir la vida como el juego de ajedrez en donde todos los peones tienen que defender a la reina, a esa reina de dóciles movimientos a la que su rey le hizo jaque, y ella le dio mate aunque eso acabara momentánea e inusualmente el juego.
Ahora solo sé dejar que las hormigas jueguen conmigo mientras llevan sus hojas erráticamente despedazadas y secas, solo sé que mi anhedonia se hace cada vez más pequeña, que puedo contenerme mientras readquiero ciertas disciplinas reevaluadas por años, que me tomo la vida con la usual hipomanía pero sin prisa, que cada vez estoy más de psiquiatra por querer menos la depresiva "normalidad" de la vida, y por a la vez conservar parte de mi tradicionalismo que tal vez no le resulte tan tradicional al resto del mundo.
Ahora solamente espero, vivo los días, vivo la lejanía en medio de una cercanía cuasi telepática, me esfuerzo por ver la vida un poco más cercana y la imaginación un poco menos dolorosa, redescubriendo mi capacidad adaptativa en medio del sarpullido en este clima inusualmente tropical y sonso, hundiéndome justo en el lugar donde me encuentro sentada, o acostada, o retorciéndome la espalda, mientras guardo además la esperanza de que mis amígdalas tan detestables se pierdan en mi desorden innatamente rebelde, o alguien se digne a traerme el ajenjo para hacer gárgaras curativas, mientras me llega ese 3 de junio tan inusual como siempre.
Ahora solo sé dejar que las hormigas jueguen conmigo mientras llevan sus hojas erráticamente despedazadas y secas, solo sé que mi anhedonia se hace cada vez más pequeña, que puedo contenerme mientras readquiero ciertas disciplinas reevaluadas por años, que me tomo la vida con la usual hipomanía pero sin prisa, que cada vez estoy más de psiquiatra por querer menos la depresiva "normalidad" de la vida, y por a la vez conservar parte de mi tradicionalismo que tal vez no le resulte tan tradicional al resto del mundo.
Ahora solamente espero, vivo los días, vivo la lejanía en medio de una cercanía cuasi telepática, me esfuerzo por ver la vida un poco más cercana y la imaginación un poco menos dolorosa, redescubriendo mi capacidad adaptativa en medio del sarpullido en este clima inusualmente tropical y sonso, hundiéndome justo en el lugar donde me encuentro sentada, o acostada, o retorciéndome la espalda, mientras guardo además la esperanza de que mis amígdalas tan detestables se pierdan en mi desorden innatamente rebelde, o alguien se digne a traerme el ajenjo para hacer gárgaras curativas, mientras me llega ese 3 de junio tan inusual como siempre.


