Autocontrol, esa maldita palabra que rige tantas vidas incluyendo la mía. Creo que después de todo, ese terapeuta que predijo que si no me lograba autocontrolar perecería con mis compulsiones o sencillamente me aislaría para vivir debajo de una mesa, o debajo de un sofá como un Gregorio Samsa de la asquienta realidad que me rodea desde que nací, desde que heredé esos problemas mentales que no me dejan vivir en paz, pero que además resultan ser los mismos que me mantienen viva.
Autocontrol... y la gente habla de él como si se consiguiera a la vuelta de la esquina, en un bar atestado de letrados, en un arrume de libros viejos y mohosos, de esos que se encuentran en las denominadas galerías, o junto a los autodidactas, autodisciplinados, autoconfiables, autoefectivos... Todos los malditos "autos" de los carezco, porque a veces reconozco que hay que ser lo suficientemente enfermo e inadaptado para no disparar el revolver en la boca, y acabar de una vez por todas con esta existencia que pesa tanto, que parece no tener pies ni cabeza, que pareciera no tener ningún sentido... Nadie sabe el dolor que siento en el cuerpo y en el alma, que se intensifica paulatinamente, que nubla el panorama tantas veces y que interfiere con mi actual vida pseudosocial, y que a veces parece que ningún analgésico pudiera al menos mermar. Tantas veces sueño en que me voy, en que tomo un avión sin retorno y me alejo sin más argumentos al lugar más distante donde mi existencia no importara, ni siquiera a mi misma, y entonces me despierto al encontrar que el agua de un mar ausente no inunda mis pulmones, que debo abrir los ojos y tenerlos abiertos por varias horas, cayendo de nuevo en mis compulsiones que me torturan lentamente pero que no me matan, o si lo hacen es a una velocidad tan imperceptible, y nadie sabe que ahí el autocontrol no me funciona y que lloro desesperada por saber que no existe, que no se le puede pedir autontrol a un psicópata asesino y dejarlo libre, para que busque por si mismo el autoncontrol, porque finalmente los otros "autos" van y vienen en cada cual... Siento un dolor terrible, quizás producto de todos mis problemas, y es que no hay que ser muy especial para autolesionarse, y por qué no, para deprimirse por nimiedades, porque después de todo cualquier cosa puede ser tan inverosímil y existen tantas formas de autolesionarse que no necesariamente implican la sangre y que son tan aceptadas socialmente...
Tengo escalofríos, cansancio, ganas de hacer algo con este no hacer nada en el que me hundo, buscando una respuesta dentro de mi, dentro del desorden, dentro de los azares de esta vida cuyo único significado es la vida misma, que viene siendo nada, porque parece que todo de alguna manera involuciona a través del tiempo, incluidas las emociones, incluidos nosotros mismos, y más aún cuando ya no se puede soñar con nada, ya no se puede esperar nada, ya ni siquiera la elasticidad de una sonrisa vertical hace parte de alguna satisfacción, porque quería encontrar una ayuda y no hay más que egoísmo disfrazado, manipulación emocional para dirigirme en pro de objetivos personales por el camino que mejor les conviene a los demás, sin importar si me conviene, si me gusta, si hace parte de mi esencia. Siento un gran peso, el peso que como una incauta decidí cargar sin prever mi autodestrucción a cambio, el renacimiento de mis viejos temores adolescenciales quizás jamás saldados, porque no logro trabajar por mi propia independencia, por mi propio placer, por mejorar mi autoconcepto y seguir caminando la vida en la que alguna vez me sentía tan segura, tan imparable... Y el autocontrol se queda por ahí, lejos de los que lo necesitamos, lejos de los inconformistas, de los que como yo encontramos lo que no estábamos buscando, y lo que estábamos buscando no lo encontramos o no existe, o existe muy lejos de lo que mi mente me podría llevar, porque mi bloqueo resulta detestable, incoherente, insufrible, y me encuentro asqueada por todo lo que me genera problemas, que es la vida misma, el conformismo obligado de todo lo que nunca tuve o que por error quizás perdí, como pudo ocurrir con el omnipotente autocontrol.
Autocontrol... y la gente habla de él como si se consiguiera a la vuelta de la esquina, en un bar atestado de letrados, en un arrume de libros viejos y mohosos, de esos que se encuentran en las denominadas galerías, o junto a los autodidactas, autodisciplinados, autoconfiables, autoefectivos... Todos los malditos "autos" de los carezco, porque a veces reconozco que hay que ser lo suficientemente enfermo e inadaptado para no disparar el revolver en la boca, y acabar de una vez por todas con esta existencia que pesa tanto, que parece no tener pies ni cabeza, que pareciera no tener ningún sentido... Nadie sabe el dolor que siento en el cuerpo y en el alma, que se intensifica paulatinamente, que nubla el panorama tantas veces y que interfiere con mi actual vida pseudosocial, y que a veces parece que ningún analgésico pudiera al menos mermar. Tantas veces sueño en que me voy, en que tomo un avión sin retorno y me alejo sin más argumentos al lugar más distante donde mi existencia no importara, ni siquiera a mi misma, y entonces me despierto al encontrar que el agua de un mar ausente no inunda mis pulmones, que debo abrir los ojos y tenerlos abiertos por varias horas, cayendo de nuevo en mis compulsiones que me torturan lentamente pero que no me matan, o si lo hacen es a una velocidad tan imperceptible, y nadie sabe que ahí el autocontrol no me funciona y que lloro desesperada por saber que no existe, que no se le puede pedir autontrol a un psicópata asesino y dejarlo libre, para que busque por si mismo el autoncontrol, porque finalmente los otros "autos" van y vienen en cada cual... Siento un dolor terrible, quizás producto de todos mis problemas, y es que no hay que ser muy especial para autolesionarse, y por qué no, para deprimirse por nimiedades, porque después de todo cualquier cosa puede ser tan inverosímil y existen tantas formas de autolesionarse que no necesariamente implican la sangre y que son tan aceptadas socialmente...
Tengo escalofríos, cansancio, ganas de hacer algo con este no hacer nada en el que me hundo, buscando una respuesta dentro de mi, dentro del desorden, dentro de los azares de esta vida cuyo único significado es la vida misma, que viene siendo nada, porque parece que todo de alguna manera involuciona a través del tiempo, incluidas las emociones, incluidos nosotros mismos, y más aún cuando ya no se puede soñar con nada, ya no se puede esperar nada, ya ni siquiera la elasticidad de una sonrisa vertical hace parte de alguna satisfacción, porque quería encontrar una ayuda y no hay más que egoísmo disfrazado, manipulación emocional para dirigirme en pro de objetivos personales por el camino que mejor les conviene a los demás, sin importar si me conviene, si me gusta, si hace parte de mi esencia. Siento un gran peso, el peso que como una incauta decidí cargar sin prever mi autodestrucción a cambio, el renacimiento de mis viejos temores adolescenciales quizás jamás saldados, porque no logro trabajar por mi propia independencia, por mi propio placer, por mejorar mi autoconcepto y seguir caminando la vida en la que alguna vez me sentía tan segura, tan imparable... Y el autocontrol se queda por ahí, lejos de los que lo necesitamos, lejos de los inconformistas, de los que como yo encontramos lo que no estábamos buscando, y lo que estábamos buscando no lo encontramos o no existe, o existe muy lejos de lo que mi mente me podría llevar, porque mi bloqueo resulta detestable, incoherente, insufrible, y me encuentro asqueada por todo lo que me genera problemas, que es la vida misma, el conformismo obligado de todo lo que nunca tuve o que por error quizás perdí, como pudo ocurrir con el omnipotente autocontrol.

