jueves 8 de diciembre de 2011

Autocontrol

Autocontrol, esa maldita palabra que rige tantas vidas incluyendo la mía. Creo que después de todo, ese terapeuta que predijo que si no me lograba autocontrolar perecería con mis compulsiones o sencillamente me aislaría para vivir debajo de una mesa, o debajo de un sofá como un Gregorio Samsa de la asquienta realidad que me rodea desde que nací, desde que heredé esos problemas mentales que no me dejan vivir en paz, pero que además resultan ser los mismos que me mantienen viva.
Autocontrol... y la gente habla de él como si se consiguiera a la vuelta de la esquina, en un bar atestado de letrados, en un arrume de libros viejos y mohosos, de esos que se encuentran en las denominadas galerías, o junto a los autodidactas, autodisciplinados, autoconfiables, autoefectivos... Todos los malditos "autos" de los carezco, porque a veces reconozco que hay que ser lo suficientemente enfermo e inadaptado para no disparar el revolver en la boca, y acabar de una vez por todas con esta existencia que pesa tanto, que parece no tener pies ni cabeza, que pareciera no tener ningún sentido... Nadie sabe el dolor que siento en el cuerpo y en el alma, que se intensifica paulatinamente, que nubla el panorama tantas veces y que interfiere con mi actual vida pseudosocial, y que a veces parece que ningún analgésico pudiera al menos mermar. Tantas veces sueño en que me voy, en que tomo un avión sin retorno y me alejo sin más argumentos al lugar más distante donde mi existencia no importara, ni siquiera a mi misma, y entonces me despierto al encontrar que el agua de un mar ausente no inunda mis pulmones, que debo abrir los ojos y tenerlos abiertos por varias horas, cayendo de nuevo en mis compulsiones que me torturan lentamente pero que no me matan, o si lo hacen es a una velocidad tan imperceptible, y nadie sabe que ahí el autocontrol no me funciona y que lloro desesperada por saber que no existe, que no se le puede pedir autontrol a un psicópata asesino y dejarlo libre, para que busque por si mismo el autoncontrol, porque finalmente los otros "autos" van y vienen en cada cual... Siento un dolor terrible, quizás producto de todos mis problemas, y es que no hay que ser muy especial para autolesionarse, y por qué no, para deprimirse por nimiedades, porque después de todo cualquier cosa puede ser tan inverosímil y existen tantas formas de autolesionarse que no necesariamente implican la sangre y que son tan aceptadas socialmente...
Tengo escalofríos, cansancio, ganas de hacer algo con este no hacer nada en el que me hundo, buscando una respuesta dentro de mi, dentro del desorden, dentro de los azares de esta vida cuyo único significado es la vida misma, que viene siendo nada, porque parece que todo de alguna manera involuciona a través del tiempo, incluidas las emociones, incluidos nosotros mismos, y más aún cuando ya no se puede soñar con nada, ya no se puede esperar nada, ya ni siquiera la elasticidad de una sonrisa vertical hace parte de alguna satisfacción, porque quería encontrar una ayuda y no hay más que egoísmo disfrazado, manipulación emocional para dirigirme en pro de objetivos personales por el camino que mejor les conviene a los demás, sin importar si me conviene, si me gusta, si hace parte de mi esencia. Siento un gran peso, el peso que como una incauta decidí cargar sin prever mi autodestrucción a cambio, el renacimiento de mis viejos temores adolescenciales quizás jamás saldados, porque no logro trabajar por mi propia independencia, por mi propio placer, por mejorar mi autoconcepto y seguir caminando la vida en la que alguna vez me sentía tan segura, tan imparable... Y el autocontrol se queda por ahí, lejos de los que lo necesitamos, lejos de los inconformistas, de los que como yo encontramos lo que no estábamos buscando, y lo que estábamos buscando no lo encontramos o no existe, o existe muy lejos de lo que mi mente me podría llevar, porque mi bloqueo resulta detestable, incoherente, insufrible, y me encuentro asqueada por todo lo que me genera problemas, que es la vida misma, el conformismo obligado de todo lo que nunca tuve o que por error quizás perdí, como pudo ocurrir con el omnipotente autocontrol.
 

domingo 17 de julio de 2011

Neurosis



Hoy es uno de esos días patéticos en el que la náusea que produce respirar y el helaje en los pies que parece incontrolable, le recuerdan a uno la inevitable fragilidad y lo vulnerable de la carne, y que solamente nosotros los humanos tenemos esa capacidad inherente de llevar esas falencias hasta los albores de la sublimidad y la decadencia. No recordaba mi ya adquirida intolerancia al vodka aunque fuese del más fino, ni el fastidio que me producen los domingos en la tarde, las personas que esperan que les facilite un encuentro sexual nimio, los enfrentamientos con falsos profetas de la vida, los conceptos de pseudoanarquistas emocionales, el olor del almizcle que queda después de cualquier exceso aparentemente colectivo. No he fumado porque no me quedan cigarrillos, porque la poca energía que me resta prefiero gastarla en el autorecogimiento de mi naturaleza neuroemotiva, casi siempre tan limitante y tan extremista, y porque como algún metafísico podría interpretar como una señal de la existencia, no quiero propiciar aún más mi hundimiento en la superficialidad que crea la competencia, que me crea más apegos y me aleja de la libertad de la razón que culmina con la muerte, que tan naturalmente hace parte de la vida.
Siento el empeño de volverme a inclinar por la música, por la poesía, por esa vida que espantaba ese hermetismo solitario que nunca se ha ido de mi lado, por ese movimiento que me hacia verme como un fortín frente al espejo, y que dejé perder por la pereza y la indisciplina manifestadas en permisos extendidos a todos los extraños que hoy se creen dioses de mi mundo. Quizás he perdido los mapas de mi vida, de mi mente, de permitirme esos odios y esas pasiones irrisorias que pocos entendían y que muchos esperaban, pero hoy sé que todo termina algún día en algún momento de quiebre generado por uno mismo, como si uno se aburriera de esa modalidad perturbadora y quisiera voluntariamente cambiarse a otra, más o menos perturbada según el punto de vista. Ya no quiero jugar al juez ni estar en el estrado, ya no quiero tener que someterme a mi consciencia preconstruida por el temor que me inculcaron a mi pasado y a mi futuro, ya quiero poder tener la tranquilidad de aceptar lo peor que podría pasar, que es lo mismo peor que podría pasarle a cualquiera y es quedarse completamente solo con su defectuosa humanidad, con los escombros de su bien maquillada realidad, con el feo rostro de lo que uno mismo hubiera denominado como fracaso. Y es que aunque vuelvan ciertas cosas, ya nada es igual, ya nadie es lo mismo, ya ni siquiera se encuentra ese virtuosismo por el que antes uno hubiese matado, y entonces queda en evidencia el juego de la mente, la inestabilidad de la ambivalencia, lo influenciables que resultamos todos en creernos eso mismo que nos queremos creer, de los demás y del mundo, de lo alterable y lo inalterable, de lo esencial y de lo trivial, de la dicha y de la tragedia. Ya no quiero dejarme entristecer demasiado por las bajezas del mundo, por los vicios de los psicóticos, por sentirme altamente vulnerable a toda la basura que rodea a mis afectos, y es que basta con prender la televisión o conectarse al Internet para darse cuenta que uno no esta solo en el fango, que la gente se siente tan macabramente sola y miserable como uno en una tarde de domingo, aquí o en Sri Lanka, y que vivimos tan ansiosos al querer complacer eternamente esas necesidades autogeneradas, que somos capaces de suicidarnos solos en el intento.
Es hora de fantasear menos con psicoterapeutas y de empezar a aceptar el curso de la vida, de encontrar la respuesta en sí mismo sin tratar de evadirla en los demás, de no dejarse afectar por lo inevitable, de dejar el temor a perderse en el tiempo o en la propia vida, de evitar sentirse como el centro de los problemas o las soluciones, por no ser visto como un asocial e insensible, porque en el fondo de todo la única responsabilidad que tengo en el mundo es llevar la vida de un ser humano, tan amable y tan despreciable, tan virtuoso y tan inmoral, tan conforme y tan inconforme, tan férreo y tan mórbido .

viernes 6 de mayo de 2011

Apoptosis

A veces (muchas veces) he pensado que el destino va a terminar juntándonos. Que después de tanto andar y padecer, vamos a terminar cansados abandonandonos en los brazos del otro, porque aceptemoslo, nadie es capaz de entristecerse por lo mismo que yo me deprimo como tu, y nadie es capaz de entristecerse por lo mismo que te deprimes como yo. Además, nadie es capaz de comprender que nos consideramos especiales y no anormales, como nosotros mismos, porque solo tu sabes el peso que llevo y solo yo sé el peso que llevas. A veces he pensado que vamos a terminar encontrándonos en algún mundo tan ajeno a los dos, tan alejado de nuestras raíces, construyendo un lugar nuevo entre nuestras letras y entre aquellas trovas tan reconocidas por nosotros, porque siempre hemos querido ser libres por encima de todo a pesar de conocer las ataduras, porque estamos de acuerdo en que lo realmente esencial es invisible a los ojos, aunque lo no invisible del otro nos resulte tan exquisito, tan absolutamente delicioso. A veces he pensado que después de hacer tantas veces el amor casi sin tocarnos, sucederá que una vida bohemia crezca dentro de mi vientre, y nazca en una boda (que acepté cuando leí tu mensaje con un espejo) donde las personas vestirán trajes informales de colores, incluidos nosotros, que estaremos bailando aunque no sepamos bailar, y que estaremos cantando aunque no sepamos cantar. A veces he pensado que por fin me sentiré tan plena con el amor, con mis emociones, con la confianza que siempre me has generado a pesar de desconocer tantas cosas a tu alrededor, porque siento que solo tu entiendes qué me hace feliz, solo tu entiendes qué me produce nauseas, solo tu entiendes qué me produce temor y qué es para mí lo realmente importante. Solo tu, solo nosotros, somos capaces de perdonarnos después de todo, porque solo tu serás capaz de perdonarme el haber nacido tan lejos, y solo yo seré capaz de perdonarte el dejarme llorar tantas veces sin ti. Y entonces, a veces he pensado que envejeceremos juntos, que probaré todos los días tus creaciones culinarias, que te animaré a seguir cuando te canses por no poder cambiar el mundo, que dormiré en tu abrazo y que te quedarás casi para siempre abandonado sobre mi pecho. Y a veces he pensado, que persistir en donde estamos, tratando de comprender y ser comprendidos, no es más que la misma razón que siempre nos ha unido desde el principio, desde aquella vez que decidiste hablarme disfrazado de todo lo que odio y que yo fingí no recordar, y en cambio, darte una oportunidad en medio del tedio circunstancial, para vernos literalmente desnudos aunque tampoco queramos recordarlo, y luego verte llorar con el final de una película existencial, escribiéndome cartas de amor, o leyendo mis poemas, sin saber que yo lloraba casi por lo mismo. A veces pienso, que estoy casi segura que seremos felices después de tantas amarguras, pero que juntos o no, no podremos llegar a serlo si no logramos saber lo que realmente significa llegar a estar juntos, porque ya hicimos el pacto intrínseco y permanente, y que por esto que sentimos y que no podemos ocultar, tendremos egoístamente que cumplirlo.

martes 18 de enero de 2011

Heliofanía

"¿Y quién buscaba entre los escombros de la propia vida el sentido que se había llevado el viento, quién sufría lo aparentemente absurdo y vivía lo aparentemente loco y esperaba secretamente aún en el último caos errante, la revelación y la proximidad de Dios?"

No sé si todo el mundo se dedique a sentir la vida, o a vivirla, o a las dos cosas, o quizás a ninguna, en medio de la maraña concurrente de eventos temporoespaciales que la hacen diferente de cada una, errática, unos medios sin resultados y unos resultados sin medios.
Ayer hablé con él y no fui capaz de decirle que lo amaba, que casi siempre lo esperaba con ansiedad ciega, con una resignación que sabe mucho de cinegética, con esa vida mía tan llevadera como siempre a pesar de los impases, de los recurrentes dolores en el cuello, del dolor de pies con el que hoy me había despertado. Ciertamente, sigo padeciendo de angustias, sigo temiendole a las felonías, sigo usando circunloquios para tratar de convencer a la gente incauta de que su propia vida es el resultado de una sumatoria de errores voluntarios e involuntarios, y no se los digo como podría decirlo un juez erúdito, sino como podría decirselo un asesino viejo en su oficio, en ese oficio maldito donde untarse las manos ya no es un asunto de improvisación. El tampoco me dijo exactamente que me amaba, más bien me contó entre risas que me había visto muerta en uno de sus sueños, que me veía entonces tan blanca y tan seria como yo más le gustaba, que parecia tan dormida entre sábanas lila, tal como él me recordaba. Me habló de jazz, de sus paseos por mercados de frutas de colores, de sus ideas preconcebidas pero jamás llevadas a cabo por culpa de ese consuetudinario desarraigo del que ni siquiera él mismo se había dado cuenta. Le quise hablar del peso de la existencia, de mi otra visión de la vida, de lo que he aprendido entre torbellinos estáticos que me han arrastrado por la oscuridad de la ignorancia, la oscuridad del primitivismo emocional, la oscuridad del desacierto social. Y es que lo amaba, y sin embargo podía llegar a odiarlo tanto. En ocasiones era tan fácil que se me hiciera tan detestable eso mismo que hizo que me enamorara de él sin querer: toda su lejanía, su duplicidad, su cálculo indiferente cuando logra ensimismarse, su capacidad de maldecir, su empecinamiento paranoico en encontrar la excitación en nimiedades, o al menos en lo que yo consideraba como tales. Terminamos hablando entonces de cosas gubernamentales sin sentido, del fatuo orden geométrico estatal, del sabor de las nueces con chocolate blanco, y en una eterna despedida como era ya la costumbre, nos fuimos uno del otro, con un hasta entonces que atisbaba la esperanza del próximo encuentro, con la superchería simultánea de una mundología aparentemente mutua, y con el profundo y tenue sinsabor de un amarse ideológico, de un tocarse intrascendente, de un besarse casi poético, como solo suele ocurrir, en cada última despedida. Y entonces decidí seguir frustrada, viviendo la vida con lo que me había tocado de nacimiento, con la convicción de una esperanza siempre ubicada en la periferia de la norma, con la sensación de encantamiento que solo se da cerrando los ojos, tocando el aire y escapando inadvertidamente de las cadenas de la tierra.

jueves 9 de diciembre de 2010

Fósil



La gente esta sola. La gente esta increíblemente sola. Y cuando digo la gente, obviamente me incluyo. Todos estamos solos y pareciera que a cada paso evolutivo nos esforzáramos por arreglárnosla con la soledad. Cada invento, cada asunto tecnológico o no, que creamos y mejoramos, es solamente el diseño de una mejor idea de estar solos. Es como si dentro de nosotros estuviera el ánimo de no aceptar que si tales cosas no existieran, quizás no seriamos nada, nos habríamos suicidado, pues cualquier cosa es mejor que quedarnos demasiado tiempo hablando con nosotros mismos. La gente esta tan sola como siempre, solo que ahora hay más cosas en qué ocupar la mente, y es por eso que ya no nos duele tanto que la gente se vaya, que tengamos que irnos, momentáneamente o para siempre. Ya no importa nada tanto como antes, todo ha entrado en el mundo de lo desechable y poco trascendente. Nada ni nadie es esencial para nadie, y jamás lo ha sido, así no queramos admitirlo. Y seguimos solos, y hasta parece que nos gusta estar solos, porque solo en soledad somos capaces de crear nuestras propias fantasías, fantasías como la familia, el hogar, el trabajo, los amigos... pero muy en el fondo de todo lo sabemos: estamos totalmente solos y así es nuestra esencia, y a pesar de que nos esforcemos por inculcar y prolongar nuestras necesidades vinculares, con formas distintas, el fondo siempre será el mismo. Cada cual nace destinado solamente para estar solo, como único fin, sin importar clase social, raza, género, nacionalidad... todo es igual, solos, luchando por nuestros propios intereses, por nuestras propias fantasías, por lo que nos cause placer, en medio de un sofisma altruista y filial como eufemismo, pero seguimos y seguiremos solos, como individuo, como género, como especie... condenados a la soledad sin escogerlo, sin querer darnos cuenta, sin decidir cuándo terminar con ella, nada, solamente solos, porque así vinimos y así nos vamos. Y es por eso, que cuando alguien se pone triste y me dice que se siente solo, yo le digo: No solo te sientes, estás solo... pero no te preocupes, todos lo estamos, solo tienes que volver a tus fantasías, y ya dejarás de sentirte así.

domingo 1 de agosto de 2010

Confesiones de una mujer fatal

Tengo ganas de tener un amante. Y no es que ahora no tenga o que el que tenga sea muy malo, es que ciertamente extraño las reflexiones postcoito de José Obdulio, y sus temáticas intelectuales. Cualquiera que haya tenido la oportunidad de hablar conmigo al menos media hora, sabría que para estar entre mis piernas se requiere de una dosis sobrehumana de locura y de cerebro. Sebastián lo tenía todo, bien me dijiste, quizás no hubiera podido ser mi novio pero al menos sí me hubiera llevado a la cama. Acepto que padezco de poliandria, no es fácil que una mujer como yo se tenga que reducir a un solo experimentador incompleto, que a veces percibo temeroso como he percibido temerosos a muchos hombres que he conocido, quizás porque mi actitud e inteligencia los trastornan. Comprendo, no debe ser fácil para un hombre común, ser sometido al escrutinio de una mujer como yo. Y es que ojalá fuera solo cuestión de inteligencia, pero como alguien lo dijo alguna vez y ahora yo lo apoyo: no basta con ser bonita, hay que saber serlo. Una vez me preguntaste que si era lesbiana, ahora te digo que ojalá lo hubiera sido. Los hombres son una especie inexacta de un conjunto de artefactos mal diseñados, que se dejan manipular hasta por la más iletrada de las mujeres, con que solo les muestre el escote aunque no sea necesariamente impresionante. Siempre me han parecido tan estúpidos. Debe ser por eso que José Obdulio me parecía diferente, al menos hablaba de cosas más interesantes o menos inverosímiles que el resto. Lástima que hasta de él haya terminado aburriendome, aunque fue el amante que más me ha durado. También me preguntaste que si me casaría, pero no veo la necesidad y nunca la he visto. No me imagino extralimitando mis feromonas a un solo hombre por el resto de mi vida y hasta que la muerte nos separe. Prefiero el monjanatorio. Me deprimiría de solo pensar en que hay tantos hombres mejores que el que tengo al lado cada mañana, tan solos andando por ahí... Siempre he preferido el amor de un día, o si acaso de un mes, las aventuras pasajeras, el intercambio intelectual con alguien minimamente a mi altura, aunque pensandolo bien me retracto, no he conocido a nadie que cumpla al menos con esa última característica que te menciono. Sueno como un monstruo, una máquina, eso lo sé, no te asustes. Ahora ves mi razón de por qué no hablo casi de esto tan abiertamente. La gente no sabría comprenderlo, menos los hombres. Si así no más suelo intimidarlos, imaginate qué pensarían en medio de su hombría pusilánime, sabiendo que me parecen tan inofensivos y tan predeciblemente simples (suponiendo que de verdad dedicaran algo de su cerebro a pensar en eso). Ya me aburrí de solo mencionartelos ahora. Debes estar preguntandote entonces por mi amante actual, es normal. Pues de él te digo que no he sido capaz de verlo desde hace unos días aunque me ha buscado, creo que me está aburriendo ya. Jamás he entendido por qué algunos hombres teniendo un poco más que dar, se les agota el tema tan rápido. Se vuelven monotemáticos, reduccionistas, mis enaltecedores compulsivos. Pareciera a veces que se enamoraran de mí tras ofrecerles la primera noche, y entonces se dedican a tratar de impresionarme con adulaciones, no sabiendo que emprenden en cambio una carrera de desenamoramiento partiendo de la nada. De pronto y el poco cerebro que usan se les inunda de sustancias embrutecedoras tras besarme, aunque debo aceptarte que algunos sí se empeñan en ser mejores amantes. De todas formas los disfruto, en su momento y a su medida. No quiero cansarte más con estas nimiedades. Por último y como anexo te digo que sí he pensado en ser madre, pero para no correr riesgos el día que tome esa decisión no dudaré en sentarme con un compendio de sementales en catálogo, y dejarme embarazar de una jeringa. O quizás no tenga hijos, porque si nace niña se dará cuenta de la frustración, y si nace niño, estará destinado a la mediocridad de su género. En fin, no te voy a contar más, me pondré a leer algún libro histórico mientras aparece una nueva víctima que me interese, al menos provisionalmente como siempre.

martes 9 de marzo de 2010

Ostra

Esa tarde Alicia había vomitado tanto y tantas veces, que más que un reflejo de liberación gástrica parecía un exorcismo. La sensación del estómago adolorido y el aire cálido de una tarde lejanamente costera, corroboraron a la prolijidad del momento pseudoreminiscente, cuando evocó aquella tarde gris en otro mar extraño y frío, en el que en otra ocasión sintió el mismo dolor en ese mismo límite entre el estómago y el pecho, queriendo vomitar inútilmente. De pronto pensó en analogías de situaciones políticas, de asuntos familiares, de las noticias del periódico de la semana pasada, como buscando involucrarse al menos fantasiosamente en temas más profundos, diferentes a la profundidad de su prontuario existencial del cual era lo único que se jactaba hasta ese momento, porque su intelecto desde hacía un par de años o de meses, o quizás de días largos lo sentía como una ostra. Ya no era capaz de hablar de muchos temas aunque sus intereses seguían siendo los mismos, siempre se argumentaba a sí misma la falta de un interlocutor idóneo pero aunque lo tuviera prefería evitarlo. De repente se miró al espejo, se percató de su rostro ojeroso, su cabello desastroso, su tono de piel terroso que contrastaba con el fondo blanco de la escena que le resultaba tan extraña, tan afable, y tan enfermiza a la vez. Pensó en hasta qué punto había llegado sin proponérselo al menos racionalmente, en lo mala que ha sido para los deportes, para los asuntos que requieren demasiada disciplina, para quedarse demasiado tiempo hablando con gente que no conoce. Definitivamente Alicia había cambiado, ya no era la misma Alicia que pensaba en Lassie o en Flipper cuando le daban náuseas por comerse esa sopa de fideos que tanto odiaba, porque alguien le dijo que el escape mental de pensar en algo bonito solucionaba todos sus malestares corporales.
Ahora Alicia leía menos, reía menos, se ilusionaba menos, se sentía menos culta pero extrañamente más sabia, más tranquila, o al menos más segura de lo que hasta ese entonces poseía y carecía, justo hasta ese momento en que la vida le había dado tantas vueltas y esas mismas vueltas le habían demostrado lo poco hábil en la cotidianidad, lo muy extemporánea a los cánones de belleza, lo indecisa y hasta impredecible que le resulta a la mayoría, pero que a pesar de todo eso siempre resultaba inexplicablemente imprescindible en el paisaje, quizás por esa naturalísima gracia de su calidez y su belleza simple, inexplicablemente innatas.
Volvió a sentir deseos de vomitar, de devolver todas y cada una de las cosas que se había tragado en varios días, de acabar de una vez por todas con esos problemas digestivos que tanto malestar le causaban, porque adicional al dolor sentía que algo no andaba bien, que ese episodio parecía más bien un acceso de algo crónico, de algo que no es fácil de describir pero que se va a quedar atragantado en alguna parte de su cuerpo, que resultará en algo peor o como casi siempre, en nada, lo que eventualmente le podría resultar mucho peor. Al no poder vomitar más, Alicia se propuso voluntariamente disipar su atención, se mojó la cara, caminó hasta el asiento aireado donde golpeaba la marea y allí caían las gotas saladas en sus pies desnudos e insospechadamente heridos, se sumió de nuevo en soliloquios mentales, trató de hallar el origen de su tranquilidad vitalicia entre la delgada línea que separa una madurez autosuficiente de una desesperanza resignada, se preguntó acerca de temas trascendentalmente intrascendentes, como el amor, la soledad, la vida misma con todos los condimentos adicionados, pensó en lo circunstancial que se había convertido tal vez porque sus experiencias le habían enseñado que pensar más allá de las circunstacias, no la hacían más adaptable socialmente, y fue entonces cuando sintió escalofríos, sintió un malestar, sintió miedo de haberse convertido de repente en una Lamia trivial y corriente contaminada por esa ceguera hereditaria del postmodernismo, ese mismo postmodernismo que hacia a la gente más hábil, más adaptada, más estereotipada y mundanamente más llamativa.
Pensó en que debía hacer algo, era irónico que casi siempre se había sentido como un bicho raro y en muchas ocasiones había deseado poder comprender la normalidad del resto, porque si la mayoría había decidido ser así, era porque representaba más ventajas que ser el bicho raro de la fiesta, pero ahora que se sentía más normal, no se sentía más genuina, al menos frente a los demás. Decidió pararse de su asiento, caminar hasta el borde de una roca amarillenta y afilada, que apenas si brindaba una cara horizontal donde poner sus delgados pies juntos, miró hacia abajo, vio cómo las ondas del faldón blanco de su vestido se entremezclaban con el blanco azulado de las olas que con fuerza morían en la base de la roca, y de otras rocas diversas que se encontraban como rodeándola para impedir que se cayera en el vacío salado de fondo incierto, de aire escaso, de peces rayados con ansias de alimento. Se percató de los cangrejos perfectamente asimétricos que se escondían en espacios casi imposibles, de la levedad de su existencia, de lo difícil que le resultaba apropiarse de su personificación, porque siempre le había sido más cómodo encerrarse en su cuarto y soñar que el mundo era tan raro cómo ella, era más profundo y menos óptico, más sincero y menos cruel. Y ahora se encontraba ella allí, sin nadie que la detuviera, sin nadie que se refiriera a ella para bien o para mal, porque simplemente era ella sola, ella sola y el mundo que por alguna extraña razón se aferraba a sus pies con todo el peso de él para no dejarla ir, para retenerla en el teatro de las marionetas en cuya historia ella era la cascaciruelas que se daba cuenta de todo, que callaba más de lo que hablaba, que añoraba más de lo que encontraba. Alicia cerró sus ojos fuertemente, extendió sus brazos, abrió las manos como disponiéndose a dejarse llevar por el viento, por las olas, por lo que en ese momento era mucho mejor de lo que le deparaba su destino al menos a corto plazo, porque su malestar era apenas tolerable, y porque peor aún, ya comenzaba a costumbrarse al dolor y a las náuseas que en algún momento le fueron insoportables. Justo antes de saltar escuchó su nombre, sintió ganas de llorar pero no pudo, sintió ganas de reír pero no encontró razones, sintió ganas de volver y encerrarse en su cuarto a esperar que el molusco volviera a despertar.