sábado 30 de mayo de 2009

Sesquipedalismo



Ya ha pasado mucho tiempo. Sin embargo, aunque también ha pasado mucho tiempo para volver a escribir, siempre argumentando alguna excusa extrínseca que a la larga poco o nada tiene que ver con capacidades creativas, decido sentarme una vez más aquí, más alegre, más maniaca, quizás ya más cerca a la psicosis como me resultó algún test psicológico.
Siento como si la vida hasta ahora comenzara, como si todo lo tortuoso que pudo haberme ocurrido emocionalmente tan sólo unos meses antes, fuera ahora resultado de algún tipo de amnesia selectiva, como si ya definitivamente hubiera vuelto en mí después de haber caminado con total desinterés las calles parisinas, esas mismas calles que fueron testigas de historias como el Opus pistorum de Miller, o aquellas Flores del mal de Baudelaire.
Hoy he decidido como en los últimos tres meses no arreglarme del todo. Salgo con mi cabello despeinado, el jean multiusado y sólo me puse un poco de lápiz de ojos y rímel. Tal vez salga a buscar a ese sujeto, a decirle que me importa tanto como me importó arreglarme hoy con la esperanza morbosa de que me viera, que contemplara lo horrible que puedo ser, la encarnación de la tiranía que disfruta del festín de su vulnerabilidad puesta en bandeja de plata. Me pongo los audífonos de siempre con la música de siempre, caminando a paso rápido mientras fantaseo parlamentos en su contra, gritándole a los ojos que todos mis orgasmos fueron ilusiones de su narcisismo delirante y desesperado, que sólo hacerle el amor a los paraísos artificiales de algún Dalí podría superar aquella primera vez en el lago de aguas profundas y heladas.
Escucho Sweetest perfection, por un momento llego a interrumpir mi parlamento con una idea vaga de existencialismo, de lo efímero que puede ser el tiempo, las expectativas, los sentimientos, y más aún, los momentos. Alguna vez llegué a sentir la vida como el juego de ajedrez en donde todos los peones tienen que defender a la reina, a esa reina de dóciles movimientos a la que su rey le hizo jaque, y ella le dio mate aunque eso acabara momentánea e inusualmente el juego.
Ahora solo sé dejar que las hormigas jueguen conmigo mientras llevan sus hojas erráticamente despedazadas y secas, solo sé que mi anhedonia se hace cada vez más pequeña, que puedo contenerme mientras readquiero ciertas disciplinas reevaluadas por años, que me tomo la vida con la usual hipomanía pero sin prisa, que cada vez estoy más de psiquiatra por querer menos la depresiva "normalidad" de la vida, y por a la vez conservar parte de mi tradicionalismo que tal vez no le resulte tan tradicional al resto del mundo.
Ahora solamente espero, vivo los días, vivo la lejanía en medio de una cercanía cuasi telepática, me esfuerzo por ver la vida un poco más cercana y la imaginación un poco menos dolorosa, redescubriendo mi capacidad adaptativa en medio del sarpullido en este clima inusualmente tropical y sonso, hundiéndome justo en el lugar donde me encuentro sentada, o acostada, o retorciéndome la espalda, mientras guardo además la esperanza de que mis amígdalas tan detestables se pierdan en mi desorden innatamente rebelde, o alguien se digne a traerme el ajenjo para hacer gárgaras curativas, mientras me llega ese 3 de junio tan inusual como siempre.

jueves 5 de marzo de 2009

Novela diacrítica (Parte I)

Es increíble cómo aquellos que siempre me han parecido decadentes, aunque adquieran títulos en Harvard para mí siempre seguirán dotados de la misma decadencia depresiva, mientras las pocas personas que de alguna manera me parecen brillantes, siguen siéndolo a pesar de que hoy en día se encuentren en bancarrota, beban tragos baratos o estén divorciados y sin hijos.

Todo empezó hace cinco años, justo cuando andaba de pareja de aquel hombre casi perfecto al que en su momento le hubiera dado una docena de hijos si me lo hubiera pedido: 1,90 cm de estatura, 80 kg, tez blanca, cabello castaño, crecimiento de la barba perfectamente distribuido alrededor de su mentón redondeado, piernas atléticas, 26 años. Sus hobbies eran los deportes, la música y fotografiarse en la mayor cantidad de aeropuertos posibles alrededor del mundo. Fue enviado por la universidad en dos ocasiones a representarnos en concursos internacionales de oratoria, en los que siempre quedó de segundo lugar. Lo conocí por una de esas casualidades de la vida que casi nunca ocurren y que lo pueden llevar a uno al cielo o al infierno en un instante, cuando un día me confundió con alguien que buscaba, y quien yo fingí ser solamente por escucharlo un rato más, porque me hiciera más preguntas y darme más tiempo de responderle, de disfrazarme de snobista solamente para sumergirme en la retórica de su mundo mediático, ese mundo que siempre me ha representado cierta novedad por ser tan ajeno al mío.
Solo hasta cuatro meses después supo realmente quién era yo, supo que no pertenecía a su mundo aunque siempre lo sospechó, supo que sí era yo lo que buscaba aunque no precisamente para darle ciertas respuestas específicas, y creo que tal vez fue esa la razón por la que decidió conservarme un tiempo más. Yo ya escribía en aquella época, había escrito un par de cuentos cortos con los que participé años atrás en un concurso local no muy importante y con los cuales gané algunos reconocimientos. Nunca me interesé por hacerme muy popular en el medio, por ser leída por gente desconocida y menos aún por gente conocida, hasta que un día él me convenció de que escribiera una breve descripción mía como ejercicio autobiográfico y lo publicara en una red virtual a la que él pertenecía y que a mí jamás me interesó antes vincularme. Creo que le gustó lo que escribí, además porque dejé muy en claro mi dualismo a través de gustos musicales. Luego de un tiempo, en una de esas largas charlas telefónicas que llegaron a extenderse hasta 7 horas seguidas, me habló de escribir para más lectores, de escribir en temas diversos donde la gente pudiera comentar, donde yo pudiera además leer a otros, donde pudiera criticar en mi "terminología diplomáticamente asertiva" como le decía él a mi forma de redacción. Me presentó algunos de sus círculos de amigos, muchos de ellos de quienes me alejé no porque no me interesaran, sino porque me sentía en un mundo totalmente ajeno en el que al menos el arte de la improvisación no me ayudaba a adaptarme del todo a la vida light y a la moda de la última moda. Uno de ellos me pareció un poco diferente al resto, y percibía en él una mezcla mundana que se esforzaba por fingir la idolatría objetal a manera de parecer una persona tan socialmente adaptada como los demás, pero después de eso, a aquel personaje que a primera vista parecía hasta simplón, jamás lo volví a ver.
Una tarde por curiosidad me decidí a escribir algo no muy profundo y a publicarlo para ser presentada por mi salvador idealizado al mundo, si es que así se le podía llamar a ese círculo de personas que entre otras no porque se dedicaran a estar tan empapados de últimas tendencias fueran necesariamente mejores, aunque en su momento enceguecida por la novedad yo hubiera defendido con vehemencia que sin duda alguna lo eran. Los comentarios no se hicieron esperar, pronto descubrí que incluso aparecieron lectores que parecían expresarme amor de toda la vida, como en un histrionismo novedosamente arreglado en letras, para crear en mí el círculo de complicidad entre la opinión y el agradecimiento. Seguí escribiendo cosas más porque él las leyera que porque los demás opinaran. Alguna de las insoportables tardes de domingo, entré a revisar mis escritos y me sorprendí con un comentario en una ortografía casi impecable, en un estilo de redacción particular, algo breve que parecía llegar justo a la esencia de mi último escrito en algo más de siete palabras bien distribuidas. Me dejó solamente un vínculo como una pista de quién se trataba y su pseudónimo, algo que jamás se me hubiera ocurrido usar, pero que paradójicamente resultaba llamativo por un aparente exceso de simplicidad anónima. Así persistieron sus comentarios regularmente en mis escritos, la mayoría de una brevedad cada vez más familiar, siempre abordando el punto que yo quería expresar, siempre con alguna novedad. Me di cuenta que en definitiva él no buscaba que yo lo leyera, él solo buscaba leerme. En uno de sus comentarios parecía responder a un comentario previo de mi salvador idealizado, lo que me confirmó que ellos dos eran más cercanos de lo que me imaginaba. Un día por fin decidí acceder a sus escritos, empezar a llevarle seguimiento de sus movimientos, de sus opiniones, de su relación directamente indirecta con el resto. Empecé a dejarle comentarios entre los diversos comentarios de sus escritos, tan organizados a veces, tan desorganizados tantas otras veces. Así empezamos a comentarnos mutuamente como en forma de diálogo, él me hacía entender que yo también casi siempre llegaba a la interpretación que él buscaba entre la gente. Todo transcurrió sin novedades extravagantes hasta entonces, y atando cabos me enteré que dicho personaje anónimo llevaba una relación sentimental de casi cuatro años, vivía lejos de su familia que no era muy numerosa, trataba constantemente de huir de su mundo cotidianamente mediático a través de sus escritos, adornados por ese inconformismo existencialista tan sutil y tan extremo. Por la misma época y después de casi año y medio, siendo un lunes por la tarde y tras una ausencia poco argumentada de mi salvador idealizado, vi un correo electrónico precisamente de él, sin título, algo sospechoso por la poca frecuencia con la que él se dedicaba a escribirme por ese medio. Después de un párrafo todo parecía cada vez más confuso, era una carta de despedida, de agradecimiento, me agradecía por el tiempo de mi vida que le había dedicado, por las sonrisas, por las lágrimas, por crearle ese "paraíso momentáneo" en el que pudo maquillar sus penas, aquellas mismas penas que por falta de coraje y por el "temor de hacerme demasiado daño" había ocultado fríamente, pero que al final tuvo que afrontar sin más opción que alejarse de casi todo y de muchos, y que me dejaba sus mejores deseos porque algo muy bueno era lo que una mujer "más perfecta de lo que Kubrick se la hubiera podido imaginar", se merecía. En los siguientes días lo llamé varias veces, la respuesta era la misma de la operadora que me indicaba que el usuario no existía. Después de muchas lágrimas entre el no comprender por qué un tipo casi perfecto, casi equilibrado en los momentos que parecían más extremos, casi tan opuestamente sensible a mi racionalidad a veces tan excesiva, habría de finalizar año y medio de una relación casi perfecta, por un correo electrónico inconcluso, breve, pobremente redactado, y de la inevitable sensación de ese vacío doloroso que a duras penas logra calmarse en medio del sueño milagrosamente repentino, logré responder con miles de preguntas implícitas su último correo electrónico, con la casi que inmediata sorpresa desoladora, al descubrir que mi respuesta no fue enviada, porque el usuario al que lo hacía según la notificación virtual, al igual que sus teléfonos y la supuesta dirección de su casa a la que nunca pude ir por supuestos problemas familiares casi constantes, tampoco ya existía.

jueves 5 de febrero de 2009

Monomaquia

Rebuscando entre mis cosas, en un afán por volver a recordar todo lo que había dejado atrás, encontré de nuevo nuestras fotos, aquellas fotos de rostros inexpresivos que se juntaban en forma de caricia discreta. Las guardo de nuevo, sigo encontrando hojas, cartas, objetos involuntariamente olvidados pero de algún valor emocional como todo lo mío, como mi habitación, como aquella frazada vieja que conservo desde los cinco años y cuyo color original ya no es determinable. Me recuesto en la cama, abro un libro cualquiera del montón de libros no terminados que tengo en una esquina de mi habitación, leo tres hojas, lo vuelvo a cerrar, me miro al espejo: definitivamente ya no soy la misma.
Es increíble cómo unos cuantos meses de ausencia lo cambian todo, algunas personas y cosas que dejé ya no existen sino en mis recuerdos, algunos conceptos ajenos que antes toleraba ahora simplemente se me hacen insoportables, y muchas de mis prioridades han ganado cierta flexibilidad acomodaticia. Hablo con las personas conocidas, busco entre las respuestas ajenas alguna señal que me haga volver en mí, que me haga volver a ver con cierta ingenuidad desprevenida lo mismo en lo que llegué a creer antes, justo antes de irme. No encuentro nada, muy a pesar de que muchas cosas ahora las veo molestamente más claras.
Vuelvo a la costumbre de comer chocolates mientras pienso, mientras escribo, mientras hago pedazos algunas fotos y algunas cartas, mientras encuentro alguna cara de valor decoroso para aceptarme a mí misma cínicamente que sí he cambiado, que hice ésto porque precisamente quería cambiar, que dejé de controlar ciertas cosas simplemente porque en el fondo ya sabía el resultado de ello, que no soy tan víctima ni tan victimaria, que me gané la rifa de los efectos indeseados pero totalmente esperables de la pastilla del utilitarismo, esa misma que resulta ser multivitamínica para muchos otros.
Miro, pienso, sigo rememorando incluso mi propia percepción de la vida en el último año con mucho esfuerzo, me siento de nuevo caminando en la otra orilla del abismo que decidí saltar dolorosamente hace un par de años, vuelvo a estar sola, como antes, como siempre, hundida en temores diferentes, menos ilusorios, un poco más definitivos. Y ahora solo me queda la zozobra del mañana, de lo que ahora sí desconozco que perderé cuando parta de nuevo por más tiempo, a un lugar menos distante aunque igualmente desconocido, la zozobra de todos los efectos producidos por algo que años atrás compré con vehemencia y que pronto tendré que tomarme por fin, con inusitado remilgo: la pastilla de la ausencia.

sábado 22 de noviembre de 2008

"Catexia"





Hoy después de una ya casi habitual caminata de casi 3 kilómetros, llegué a una estación del Metro donde un tipo de ojos grises con una maleta grande revisaba un mapa de la ciudad, mientras un rumano me preguntaba la hora. Después de viajar por casi veinte minutos y darme cuenta que ninguno de mis vicios es tan interesante, porque simplemente aquí la mayoría tiene otros vicios más interesantes, me senté al lado de un mar frío a sacudir la arena de mis zapatos, a desenterrar las conchitas que en otra época y en otra playa muy lejos de aquí desenterraba, a seguir como en aquellos momentos en que solía encerrarme en mi habitación para estar lejos de todos, pero que aquí mi habitación es todo, porque todo el mundo simplemente está muy lejos.
Ahora, mientras tengo el pelo enmarañado gracias al viento helado que le brinda la sensación de adormecimiento a mis manos, solo pienso en que el hombre es un animal de costumbres, en que después de todo la gente y las cosas que convocamos a nuestro alrededor hacen parte de la máscara que queremos ponerle a la vida, a nuestra vida, como si guardáramos la esperanza de que alguien en algún momento nos salve de algo, nos salve de nosotros mismos, nos salve de nuestras acciones u omisiones que tanto nos pesan...
Hoy estando aquí, pienso en que me queda poco tiempo, pero me queda mucho si dejo de pensar en él como causa y consecuencia de mi vida, en que solo encargarse de lo que estamos dispuestos a perder no es del todo la respuesta, porque absolutamente todo debemos estar dispuestos a perderlo, porque la vida es así en sí misma, móvil, cambiante a pesar de nuestros empeños continuos por conservar las cosas estáticas, por conservar irónicamente hasta el dolor como si fuera un trofeo de no mostrar, pero que sabemos que está guardado debajo de la cama.
Hoy estando aquí, pienso en que la única forma de hacer lo que se desea es trabajando concientemente por ello, y que para eso, tendré que renunciar a la ambición totalitarista que siempre me ha embargado, que siempre me ha hecho tan impaciente, con lo que muy seguramente tendré que renunciar a muchas cosas y a muchas personas, sin dejar de lado lo importante que no necesariamente es lo que más me gusta. Hoy estando aquí, mareada posiblemente por los efectos de la calefacción, somnolienta y con los oídos dolorosos, pienso en que hay que tener cosas claras, el resto como dicen, vendrá por añadidura...

miércoles 8 de octubre de 2008

Grün

Hoy decidí quedarme en un lapso de tiempo casi alargado en aquella calle violenta, justo a unas cuadras de La calle roja donde las mujerzuelas de muslos generosos exhiben sus favores a cambio de dinero, y justo a unas cuadras a la derecha donde un conglomerado de gente simulaba apreciar alguna exposición cinematográfica. Mientras el frío absorto amenazaba con quebrantarme la nariz, se escuchaba en el fondo la vocecita grave de ese señor de abrigo negro y barba encanecida, con aspecto de gentleman latino del siglo XIX, repetir una y otra vez a un tipo que no lograba visualizar muy bien, que el peor pecado del hombre es la ignorancia, a lo cual su interlocutor parecía no chistar, pues jamás pude escuchar algún sonido similar a una respuesta. Mientras ese cigarrillo de pésima calidad se consumía, me repetía mentalmente una y otra vez que esta no era la primera vez, ni sería la última, tratando de apaciguar la tan temible impaciencia, como si aquella frase fuera el anestésico de resignación que necesitara la esperanza, mientras es vilmente violentada con la punta cortante del segundero. A veces desearía padecer de la cinestesia de Mozart, en un acceso afanoso de sentirlo todo de manera diferente, de explorar el mundo apartada de esa independencia reactiva tan colectivamente usada para evitar afrontar la frustración de ser enajenado, conocido, descifrado, como si buscara encontrar el libro de fe de erratas del Darwinismo y aplicarlo como manual de comportamiento.
De repente escucho gritos amenazantes, provenientes de un sujeto andrógino que probablemente estaba consumiendo drogas, y por lo casi premeditado de la escena podría deducir que se quejaba porque no logró la venta o la compra del día, como si ese evento aislado fuera una tragedia, sin darse cuenta que para el mundo entero la verdadera tragedia era su vida misma. Miro a mi alrededor, y ahora encuentro a ese gentleman latino con expresión ofuscada, como si alguien hubiese contradicho con vehemencia su filosofía axiomática de que el peor pecado del hombre es la ignorancia, mientras para mí no es la primera vez, ni será la última, a pesar de ser tan buena en los tres papeles de Pierre Marie, o ser la incauta voyerista platónica que se deja sensibilizar por cosas que poca gente se imaginaría. En estos momentos pienso en que en medio de todo la decadencia no es tan desagradable, pienso en que después de todo la cara buena de la tragedia está en la sorpresiva que embiste al nihilismo monótono que alimenta la anhedonia, de ciertos momentos de la vida, de ciertas vidas tan llenas de alegrías tan insulsas…
Mientras saco un dulce mentolado de la cajita metálica de Altoids, escucho lo que parece ser el inicio de un discurso dirigido en tono afirmativo hacia mí, que me refiere que definitivamente el mundo está como está por falta de sapiencia, que la barbarie humana es el efecto secundario de la ignorancia, ignorancia hasta para ser considerados con el prójimo, ignorancia hasta de uno mismo… a lo que yo respondo con una sonrisa casi entrecortada por un sollozo aniquilado: "al menos sabemos algo en medio de tanta ignorancia, esa ignorancia de la que usted habla es el peor pecado del hombre, y afortunada o desafortunadamente esta no es la primera vez, ni será la última que eso ocurra".

martes 19 de agosto de 2008

Preludio

En esa eterna posición intrínseca de lo naturalmente compensatorio se halla a veces la forma de equilibrio tan anhelada. Existen tantos mundos como personas en este mundo. Hoy no tuve que soñar porque simplemente no dormí. No tuve que esforzarme por sentir porque simplemente la vida se encarga de seguir su rumbo perentorio y mantenerme despierta en medio de lo que bien podría ser nada o bien podría ser todo. Como siempre vinculandome involuntariamente aunque en ocasiones en menor cuantía a los extremos, luchando por no dejarme absorber muy rápidamente por las aristas sociales que desde siempre me han sido presentadas. Ahora recuerdo de manera aproximada la parte de un libro que de alguna forma marcó mi vida: si quieres encontrar una señal que pueda llevarte a la respuesta de alguna pregunta vital, sólo abre una página cualquiera de un libro cualquiera y ahí hallarás la respuesta...
A veces sería bueno encontrar la posibilidad de hundirse sin ahogarse en el intento, renunciando a todo, volver a caer. Ayer le dije que lo amaba mientras por un momento imaginé esa tarde en el cine viendo una película cualquiera, para luego abandonar cosas en un café de bizcochuelos franceses acompañados de café medio cargado. Podría en estos momentos estar durmiendo, estar viviendo una vida decorosa, una vida indecorosa, una vida renunciable. Me gustaría llorar demasiado pero en estos momentos no puedo. Jamás he logrado entender del todo el papel del amor en mi vida, el dolor de garganta perpetuo, las personas que fingen un mundo feliz porque la idea de parecer ser es más poderosa que ser. Hoy hablé con esa mujercita de tez canela, cabellos largos y vocecita hiperprosódica, es increíble lo diferente que uno llega a ser de otra persona sin darse cuenta, sin salir del mismo repertorio.
No entiendo muy bien las situaciones, no entiendo muy bien las intenciones, no entiendo muy bien los nexos. Prefiero sumirme en una Toccata barroca o en las ideas fugaces de efectos paranormales y realismos mágicos tal vez existentes pero tan invidentes. Quiero hablar y llorar indefinidamente y morir en algún intento hedonista de esos que suelo entender solo yo.
No quiero asesinar a nadie en ese intento, no quiero pasar con mi ego aplastante sobre las personas más débiles pero aún así amables, no quiero equivocarme por dejarme llevar de los extremos. Y hoy creo acabar de descubrir lo que me mantiene en este camino: la sobrevivencia indeleble del tajante romanticismo innato, que logra permanecer terco a pesar de la evidencia, que espera ser rescatado coherentemente algún día de esta vida que avanza más corriente que común.
Por amor he comprendido, por amor he llegado a los límites, por amor he renunciado, por amor he cambiado tantas veces y tan variadamente de estados. Por amor he sido paciente y terapeuta, por amor he guardado empecinadamente la esencia a pesar de haberme dejado tocar por todas las decadencias posibles hasta hoy en mi vida.
La respuesta en los libros siempre es la misma: tener la capacidad de flexibilizar, todas las realidades son verdades de acuerdo al punto de referencia, la honestidad se paga por esa misma compensación natural con honestidad... La dubitativa es clara: dejarse llevar por la racionalidad de las experiencias sociales adquiridas, o ver con los ojos del recién nacido al que todas las cosas le podrían ser maravillosas y novedosas... exaltar o poner en lo corriente, ser consecuente con lo que pienso o con lo que siento, dejarse sorprender como un niño-anciano experimentado o llevar puestos los anteojos de lo argumentable, renunciar de nuevo o luchar por aquello de valor no demostrable todavía y tal vez nunca, en un proceso largo y quizás tortuoso... He ahí la cuestión.

martes 29 de julio de 2008

Utopía

A veces creo que muy a pesar de los pronósticos sí parezco tener alguna idea fantasiosa de autocontrol, de omnipotencia, de poder alcanzar mundos surrealistas en escenarios alegres y pueriles, similares a aquellos deseos que imaginaba cuando apenas cumplía seis años y soplaba las velas del pastel de chocolate. La vida real es diferente, el trayecto ha sido inadvertidamente doloroso, aquella burbuja de limites ilimitados ha desaparecido, llevándose con ella mis deseos que cada vez se harían más próximos, si se correlacionaran con la época en su momento imaginada. Todo sigue inestable, revuelto, es casi la misma sensación de un perro que da vueltas para lograr acomodarse en búsqueda de su siesta, dando la impresión en medio de esa inexactitud de movimientos, de finalizar con uno que encaje casi perfectamente su cuerpo sobre el bulto de trapos.
Es tarde, el tiempo pasa, yo me estaciono, me siento involuntariamente inmóvil, absurdamente fracasada, abatida por el taedium vitae o por la distimia congénita. Tengo anhedonia pero aún con esfuerzo logro sentir ciertos orgasmos. Tengo ganas de acabarlo todo y recomenzarlo todo, siento impotencia de las ataduras imaginarias que en mi inconsciente cobran todo el sentido. Siento rabia, me siento derrotada: inevitablemente una vez más el miedo me ha derrumbado, ha ganado la batalla, ha encontrado argumentos para convencerme que nada tiene sentido, que mi tiempo se ha perdido, que la abulia es la contradicción constante de mi vida. Es irónico, el ciclo vuelve a su inicio, las mismas personas entran en el escenario, vestiduras diferentes, proyectos diferentes, maneras diferentes, pero todo pareciera irrisoriamente volver a lo mismo, solo que ahora nada tiene sentido: ni la vida, ni la muerte, ni el trayecto recorrido, ni los odios adquiridos, ni los amores perdidos, ni las lágrimas, ni las sonrisas... No hay un alfa, ni un omega, ni una verdadera libertad a pesar de la constante rebeldía... y mientras el miedo vuelve a enredarme, y a dejarme enceguecida, somnolienta, mientras me engulle lenta pero certeramente, para ser digerida por sus jugos gástricos, mi vida seguirá siendo la constante que por más números que multiplique, o sume, o reste, o divida, el resultado de la ecuación siempre parece ser el mismo: cero.