Esa tarde Alicia había vomitado tanto y tantas veces, que más que un reflejo de liberación gástrica parecía un exorcismo. La sensación del estómago adolorido y el aire cálido de una tarde lejanamente costera, corroboraron a la prolijidad del momento pseudoreminiscente, cuando evocó aquella tarde gris en otro mar extraño y frío, en el que en otra ocasión sintió el mismo dolor en ese mismo límite entre el estómago y el pecho, queriendo vomitar inútilmente. De pronto pensó en analogías de situaciones políticas, de asuntos familiares, de las noticias del periódico de la semana pasada, como buscando involucrarse al menos fantasiosamente en temas más profundos, diferentes a la profundidad de su prontuario existencial del cual era lo único que se jactaba hasta ese momento, porque su intelecto desde hacía un par de años o de meses, o quizás de días largos lo sentía como una ostra. Ya no era capaz de hablar de muchos temas aunque sus intereses seguían siendo los mismos, siempre se argumentaba a sí misma la falta de un interlocutor idóneo pero aunque lo tuviera prefería evitarlo. De repente se miró al espejo, se percató de su rostro ojeroso, su cabello desastroso, su tono de piel terroso que contrastaba con el fondo blanco de la escena que le resultaba tan extraña, tan afable, y tan enfermiza a la vez. Pensó en hasta qué punto había llegado sin proponérselo al menos racionalmente, en lo mala que ha sido para los deportes, para los asuntos que requieren demasiada disciplina, para quedarse demasiado tiempo hablando con gente que no conoce. Definitivamente Alicia había cambiado, ya no era la misma Alicia que pensaba en Lassie o en Flipper cuando le daban náuseas por comerse esa sopa de fideos que tanto odiaba, porque alguien le dijo que el escape mental de pensar en algo bonito solucionaba todos sus malestares corporales.
Ahora Alicia leía menos, reía menos, se ilusionaba menos, se sentía menos culta pero extrañamente más sabia, más tranquila, o al menos más segura de lo que hasta ese entonces poseía y carecía, justo hasta ese momento en que la vida le había dado tantas vueltas y esas mismas vueltas le habían demostrado lo poco hábil en la cotidianidad, lo muy extemporánea a los cánones de belleza, lo indecisa y hasta impredecible que le resulta a la mayoría, pero que a pesar de todo eso siempre resultaba inexplicablemente imprescindible en el paisaje, quizás por esa naturalísima gracia de su calidez y su belleza simple, inexplicablemente innatas.
Volvió a sentir deseos de vomitar, de devolver todas y cada una de las cosas que se había tragado en varios días, de acabar de una vez por todas con esos problemas digestivos que tanto malestar le causaban, porque adicional al dolor sentía que algo no andaba bien, que ese episodio parecía más bien un acceso de algo crónico, de algo que no es fácil de describir pero que se va a quedar atragantado en alguna parte de su cuerpo, que resultará en algo peor o como casi siempre, en nada, lo que eventualmente le podría resultar mucho peor. Al no poder vomitar más, Alicia se propuso voluntariamente disipar su atención, se mojó la cara, caminó hasta el asiento aireado donde golpeaba la marea y allí caían las gotas saladas en sus pies desnudos e insospechadamente heridos, se sumió de nuevo en soliloquios mentales, trató de hallar el origen de su tranquilidad vitalicia entre la delgada línea que separa una madurez autosuficiente de una desesperanza resignada, se preguntó acerca de temas trascendentalmente intrascendentes, como el amor, la soledad, la vida misma con todos los condimentos adicionados, pensó en lo circunstancial que se había convertido tal vez porque sus experiencias le habían enseñado que pensar más allá de las circunstacias, no la hacían más adaptable socialmente, y fue entonces cuando sintió escalofríos, sintió un malestar, sintió miedo de haberse convertido de repente en una Lamia trivial y corriente contaminada por esa ceguera hereditaria del postmodernismo, ese mismo postmodernismo que hacia a la gente más hábil, más adaptada, más estereotipada y mundanamente más llamativa.
Pensó en que debía hacer algo, era irónico que casi siempre se había sentido como un bicho raro y en muchas ocasiones había deseado poder comprender la normalidad del resto, porque si la mayoría había decidido ser así, era porque representaba más ventajas que ser el bicho raro de la fiesta, pero ahora que se sentía más normal, no se sentía más genuina, al menos frente a los demás. Decidió pararse de su asiento, caminar hasta el borde de una roca amarillenta y afilada, que apenas si brindaba una cara horizontal donde poner sus delgados pies juntos, miró hacia abajo, vio cómo las ondas del faldón blanco de su vestido se entremezclaban con el blanco azulado de las olas que con fuerza morían en la base de la roca, y de otras rocas diversas que se encontraban como rodeándola para impedir que se cayera en el vacío salado de fondo incierto, de aire escaso, de peces rayados con ansias de alimento. Se percató de los cangrejos perfectamente asimétricos que se escondían en espacios casi imposibles, de la levedad de su existencia, de lo difícil que le resultaba apropiarse de su personificación, porque siempre le había sido más cómodo encerrarse en su cuarto y soñar que el mundo era tan raro cómo ella, era más profundo y menos óptico, más sincero y menos cruel. Y ahora se encontraba ella allí, sin nadie que la detuviera, sin nadie que se refiriera a ella para bien o para mal, porque simplemente era ella sola, ella sola y el mundo que por alguna extraña razón se aferraba a sus pies con todo el peso de él para no dejarla ir, para retenerla en el teatro de las marionetas en cuya historia ella era la cascaciruelas que se daba cuenta de todo, que callaba más de lo que hablaba, que añoraba más de lo que encontraba. Alicia cerró sus ojos fuertemente, extendió sus brazos, abrió las manos como disponiéndose a dejarse llevar por el viento, por las olas, por lo que en ese momento era mucho mejor de lo que le deparaba su destino al menos a corto plazo, porque su malestar era apenas tolerable, y porque peor aún, ya comenzaba a costumbrarse al dolor y a las náuseas que en algún momento le fueron insoportables. Justo antes de saltar escuchó su nombre, sintió ganas de llorar pero no pudo, sintió ganas de reír pero no encontró razones, sintió ganas de volver y encerrarse en su cuarto a esperar que el molusco volviera a despertar.
Ahora Alicia leía menos, reía menos, se ilusionaba menos, se sentía menos culta pero extrañamente más sabia, más tranquila, o al menos más segura de lo que hasta ese entonces poseía y carecía, justo hasta ese momento en que la vida le había dado tantas vueltas y esas mismas vueltas le habían demostrado lo poco hábil en la cotidianidad, lo muy extemporánea a los cánones de belleza, lo indecisa y hasta impredecible que le resulta a la mayoría, pero que a pesar de todo eso siempre resultaba inexplicablemente imprescindible en el paisaje, quizás por esa naturalísima gracia de su calidez y su belleza simple, inexplicablemente innatas.
Volvió a sentir deseos de vomitar, de devolver todas y cada una de las cosas que se había tragado en varios días, de acabar de una vez por todas con esos problemas digestivos que tanto malestar le causaban, porque adicional al dolor sentía que algo no andaba bien, que ese episodio parecía más bien un acceso de algo crónico, de algo que no es fácil de describir pero que se va a quedar atragantado en alguna parte de su cuerpo, que resultará en algo peor o como casi siempre, en nada, lo que eventualmente le podría resultar mucho peor. Al no poder vomitar más, Alicia se propuso voluntariamente disipar su atención, se mojó la cara, caminó hasta el asiento aireado donde golpeaba la marea y allí caían las gotas saladas en sus pies desnudos e insospechadamente heridos, se sumió de nuevo en soliloquios mentales, trató de hallar el origen de su tranquilidad vitalicia entre la delgada línea que separa una madurez autosuficiente de una desesperanza resignada, se preguntó acerca de temas trascendentalmente intrascendentes, como el amor, la soledad, la vida misma con todos los condimentos adicionados, pensó en lo circunstancial que se había convertido tal vez porque sus experiencias le habían enseñado que pensar más allá de las circunstacias, no la hacían más adaptable socialmente, y fue entonces cuando sintió escalofríos, sintió un malestar, sintió miedo de haberse convertido de repente en una Lamia trivial y corriente contaminada por esa ceguera hereditaria del postmodernismo, ese mismo postmodernismo que hacia a la gente más hábil, más adaptada, más estereotipada y mundanamente más llamativa.
Pensó en que debía hacer algo, era irónico que casi siempre se había sentido como un bicho raro y en muchas ocasiones había deseado poder comprender la normalidad del resto, porque si la mayoría había decidido ser así, era porque representaba más ventajas que ser el bicho raro de la fiesta, pero ahora que se sentía más normal, no se sentía más genuina, al menos frente a los demás. Decidió pararse de su asiento, caminar hasta el borde de una roca amarillenta y afilada, que apenas si brindaba una cara horizontal donde poner sus delgados pies juntos, miró hacia abajo, vio cómo las ondas del faldón blanco de su vestido se entremezclaban con el blanco azulado de las olas que con fuerza morían en la base de la roca, y de otras rocas diversas que se encontraban como rodeándola para impedir que se cayera en el vacío salado de fondo incierto, de aire escaso, de peces rayados con ansias de alimento. Se percató de los cangrejos perfectamente asimétricos que se escondían en espacios casi imposibles, de la levedad de su existencia, de lo difícil que le resultaba apropiarse de su personificación, porque siempre le había sido más cómodo encerrarse en su cuarto y soñar que el mundo era tan raro cómo ella, era más profundo y menos óptico, más sincero y menos cruel. Y ahora se encontraba ella allí, sin nadie que la detuviera, sin nadie que se refiriera a ella para bien o para mal, porque simplemente era ella sola, ella sola y el mundo que por alguna extraña razón se aferraba a sus pies con todo el peso de él para no dejarla ir, para retenerla en el teatro de las marionetas en cuya historia ella era la cascaciruelas que se daba cuenta de todo, que callaba más de lo que hablaba, que añoraba más de lo que encontraba. Alicia cerró sus ojos fuertemente, extendió sus brazos, abrió las manos como disponiéndose a dejarse llevar por el viento, por las olas, por lo que en ese momento era mucho mejor de lo que le deparaba su destino al menos a corto plazo, porque su malestar era apenas tolerable, y porque peor aún, ya comenzaba a costumbrarse al dolor y a las náuseas que en algún momento le fueron insoportables. Justo antes de saltar escuchó su nombre, sintió ganas de llorar pero no pudo, sintió ganas de reír pero no encontró razones, sintió ganas de volver y encerrarse en su cuarto a esperar que el molusco volviera a despertar.
4 comentarios:
Pérfida Hal, ¿dónde tenía ese guardado? ¿Dónde aprendió esos recursos literarios? ¿Dónde se había ido para privarnos de sus perversidades aterradoras? La próxima vez que me la cruce en la calle le voy a pedir un autógrafo, donde tendrá que poner a firmar a Alicia y a una roedora. Espero que no me trastorne tanto esto como para ir a implorar de rodillas, sin histrionismo alguno.
Señor Anónimo dígame dónde es posible cruzarse con Hal9000 y que no sea simplemente una referencia cinematográfica, imagino que podría tener un tortuoso romance con esa señorita y no salir vivo de él: ¿qué más se puede pedir? Sin embargo tendré la previsión de donar mi cuerpo a la ciencia para que hagan un estudio acerca de los estragos del amor sobre la salud humana.
No creo que Alicia se vuelva tan trivial, podrá jugar a serlo, pero en los momentos decisivos volverá a ser tan inteligente y tan existencial como es su esencia.
Inconformista por naturaleza,no creo que nada ni nadie la convenza del todo, aunque le logren tocar el corazón a veces.
No se lanzará al mar,primero preferirá encerrarse en su habitación y suicidarse con sus historias mentales.
Mas de un Dèjá vu experimentó mi lectura en los soliloquios de Alicia, si ella no fuera mujer , diría que soy yo. Pero como Sisifo sigo recordandome quién soy , tu Alicia y yo tenemos algo en común : llevabamos nuevamente la roca a la cima .
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